solo su vestido salió al encuentro de la primera acometida investigadora de Miriam; un refinado vestido de clase media de negro opaco y delgado cuyas mangas hasta el codo y el pequeño escote en uve se suavizaban en los bordes con un volante de tul; el vestido de fiesta de una maestra solterona de mediana edad. Miriam se armó de valor en vano contra sus seducciones; la llamaba con tanta fuerza a salir y regocijarse. Ella se abandonó al deleite, autorizada y permitida, la libre representante de esta presencia encadenada, entre los encantamientos de la gran mansión; el gozo de su escapada brillando con fuerza contra la oscura certeza de que no había ayuda esperándola. Ya no cabía temer que una mujer sin escrúpulos, exitosa y de adulación radiante la persuadiera de que su problema no existía; pero tampoco de esta mujer a quien jamás le había dado tiempo de que el hecho de la vida como algo en sí mismo se le apareciera, podía esperar apoyo en su propia convicción sobre lo infundado del compromiso.
Mrs. Bergstein hizo una reverencia, murmuró un saludo e indicó un pequeño diván cerca de la silla baja en la que se dejó caer de inmediato, con el rostro aún en penumbra, la forma de su peinado tan acorde con el vestido que Miriam apenas pudo contener el impulso de irse allí mismo.
Se sentó, una escolar aguardando una sentencia contra la que estaba prevenida y, sin embargo, indefensa debido a su admiración desdeñosa y exenta de envidia.
—Su carta me ha interesado mucho —dijo la señora Bergstein.
La entrevista había llegado a su fin. No había ninguna abertura en la superficie lisa y cerrada que representaba la voz, a través de la cual se pudieran clavar las preguntas. Quedó sumida en un silencio donde el sonido de la voz resonaba una y otra vez, mientras buscaba a tientas una