horrible viaje se transformaría en una eternidad que seguiría serenamente a una mascarada olvidada. No perdería la certeza de que todos los viajes solitarios continúan para siempre, esperando entre intervalos, para renovarse.
Pero el esfuerzo, aun si pudiera soportar el dolor del mismo, sería una traición hasta que hubiera conocido y visto sin reservas todo el significado del hecho inamovible.
La agonía en su interior debía significar que en algún lugar detrás de las meras declaraciones, si tan solo pudiera abrirse paso y descubrirlo, tenía que haber una revelación que volviera a poner el mundo en marcha; que devolviera la luz del sol vencida.
Mientras tanto, la vida debía detenerse, la humanidad debía permanecer callada y en espera mientras ella pensaba.
Un pie calzado de gris apareció en su pequeño trozo vacío de suelo. Con la fiebre del dolor que la inundó, comprendió que no podía avanzar ni retroceder. La vida la inmovilizó, sumida en el dolor.
Su mirada ascendió y descubrió el rostro soñador de una muchacha; los suaves y frescos rasgos de la infancia, moldeados hacia una conciencia parcial por alguna dura faena cotidiana, pero aún con el brillo —sobre todo cuanto veía— que ella ignoraba que podía desaparecer, que no reconocía por lo que era: inestimable y suficiente.
Jamás lo reconocería. Era una de esas mujeres a quienes los hombres envuelven en mentiras, perdurando inmutables a lo través de la vida, veneradas y sin embargo odiosas en la bondadosa estupidez de unos pensamientos fijos inamoviblemente en la irrealidad, el brillo desaparecido, sin saber por qué, y aun así vengada por su terrible y inconsciente producción del tipo de vida social al que los hombres estaban atados, obligados a simular vida en su obstinado, sonriente y necio… infierno.