Escuchaba con avidez. En parte también, pensaba, era la ausencia de cantante y público lo que redimía tanto la música como las palabras. Era una canción escuchada al pasar; resonando inocentemente a través de la mañana. Vio el sol brillando en las lejanas cimas, a los camaradas formados y al amante rezagado arrancándose para el pase de lista. El estribillo la encontró muy lejos, contemplando la escena hasta que la última nota la desvaneciera.
La puerta se abrió y Elspeth estaba de pie en el umbral.
—¿Qué dice nuestra pequeña? —dijeron Harriett y Gerald con dulzura, al unísono.
Dio la vuelta a la puerta abierta al trotro, cerrándola con cuidado con el cuerpo, mientras sus ojos serenos abarcaban la disposición de las cosas. En un momento estuvo cerca de la mesa, con la coronilla dorada, sedosa y redondeada asomando apenas por encima de ella. Miriam se estremeció ante su cercanía, deleitándose en el firme apretón de la manita en el borde de la mesa, el abultamiento suave y bien formado de las puntas de su cabello vuelto hacia el cuello, la pequeña expresión ajetreada y bulliciosa de su abultado e inmóvil vestidito de muselina. De repente alzó la vista a su manera, con la gentileza desarmadora de Gerald, toda la alegría refrenada de Eva… > —¿Yo tu nena? —preguntó con una pequeña acometida de afecto. Miriam se sonrojó. La pequeñina se acordaba de ayer… Sí —murmuró rodeándola con los brazos y presionando los labios contra la cálida y sedosa coronilla—. Gerald prorrumpió en