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II

algo que jamás sería expresado, todos creyendo que expresaban cosas y sin conocer la solitaria mirada visible detrás de los ojos que volvían hacia el mundo, de sus verdaderos seres tal como eran cuando estaban solos.

Pero todos decían cosas que querían decir⁠ ⁠… se expresaban, en relación el uno con el otro; crecían en el conocimiento mutuo, en la aprobación o la desaprobación, se ponían a prueba y conocían, detrás de sus extrañas e inamovibles conversaciones categóricas sobre asuntos que eran todos cuestiones de opinión en perpetuo cambio, de un modo maravilloso el carácter del otro.

También sabían, tras el primer momento grato de cruzar las miradas y oír las voces al intentar hablar a su manera, que uno les estaba faltando a la verdad.

El fulgor podía durar un tiempo cuando uno llevaba mucho sin verlos; pero antes de que terminara el encuentro uno volvía a ser condenado, viviendo en un denso silencio, mientras la mente le giraba con la sensación de sus visiones lúcidas y la tentadora inclinación a adoptar, para toda la vida, el molde de uno u otro punto de vista.

¡Qué ajenos seguían todos conversando! Ella les dio las gracias. Con su charla fluyendo a través de la mesa, dotando a la resplandeciente luz dorada central de una sensación de permanencia, sus fracasos en la vida, estridentes por toda la estancia, solo eran visibles y audibles para ella misma. Si lograba permanecer en silencio, se calmarían, y el arroyo de su indigna vida se fundiría, antes de que él apareciera, en una apariencia de unidad con estas otras vidas.⁠ ⁠…

Ella se cruzó con los oscuros ojos rusos del señor Rodkin, que estaba sentado enfrente. Él le sonrió a través de sus gafas, con su sonrisa seca, dulce y de ojos grandes, con la cabeza girada mientras escuchaba a su vecina.

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