El hechizo de la mesa manchada de tinta había sobrevivido a la noche. Al moverse, preparándose para el día, se volvía continuamente hacia el espacio de la ventana, como ante una presencia real, y le respondía el surgimiento en su interior de una marea de serenidad, impulsándola hacia adelante en un estupor de confianza, impermeable a la tensión y al dolor. Era como si hubiera entrado en una compañía que ahora se extendía como un escudo entre ella y la vida con la que hasta entonces había lidiado sin ayuda. …
La semana de días laborables, situada entre ella y la oportunidad del próximo domingo, era un pequeño espacio que transcurriría como en un sueño; los dispersos y variados intereses de la vida fuera de Wimpole Street cambiaban ante sus ojos, pasando de ser fragmentos de vida separados, desconcertantes y competitivamente atractivos, a convertirse en recursos gratamente relacionados, distracciones permitidas de una absorción tan segura que ella podía, sin miedo a la pérdida, alejarse y olvidarla.
Tenía ganas de bromear. Alineada con sus amigas, comprendía cómo veían su escrupulosidad perpetuamente titubeante y se maravillaba ante su paciente lealtad. Compartía la intolerancia exasperada de quienes le tenían tirria. … Se la podía desarmar … mediante un trato fresco y sorpresivo. … ¿Porque, se preguntó con desdén al abrir la puerta para bajar las escaleras, había corregido la indescriptible conferencia del señor Lahitte? No. Sentada allí, olvidándose, se había soltado … y había hallado algo … y al despertar de nuevo había visto las cosas distantes en sus justas proporciones. Pero soltarse, no avanzar por la vida con los puños