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III

Seguía siendo su inalterable yo, pero su libertad le estaba dando la fuerza necesaria para estar segura de sus opiniones. Era como si hubiera estado diciendo toda la noche, con una larga preparación acumulada, manteniendo su aplomo a través de las interrupciones de los clientes y adentrándose en los pormenores de la historia de sus peripecias: Sí, conozco vuestras opiniones, las he oído durante toda mi vida, y ahora estoy yo misma en el mundo y puedo tratar a todo el mundo de igual a igual, y decir lo que Pienso, sin preguntarme si conviene a mi papel de institutriz de los Green.

Había sacado fuerzas de las cosas que había hecho. Era increíble pensar en ella reuniendo valor para romper de nuevo con los Green y pidiéndoles prestado para montar un negocio, con el señor Green «deseando con toda el alma» el éxito de latiendecita y con la intención de bajarse a ver cómo marchaba. Qué horrible sería si no marchaba.⁠ ⁠… Pero marchaba.⁠ ⁠…

Qué aterrorizante debió haber sido al principio no saber el precio de nada en la tienda ni qué comprar a cambio de ello⁠ ⁠… y luego, los clientes diciéndole los precios de las cosas y dónde se guardaban, y los viajeros siendo amables ; respetuosos y cordiales y dispuestos a salirse de su camino para hacer cualquier cosa ⁠ ⁠… esa era la otra cara del « hourrah pour la petite difference » de los commis voyageurs de Maupassant ⁠ ⁠… y la gente acomodada del vecindario apresurándose a comprar cualquier minucia, desconcertada al encontrar a una dama tras el mostrador, y volviendo por toda clase de cosas.⁠ ⁠…

Eve se convertiría en una de esas tenderas de mediana edad que aparecen en los libros, en el campo, de buen corazón y lengua sarcástica, que ve a través de todos y tiene el mismo trato para el vicario que para un labrador, o un trato más agradable para un labrador. No. Eve aún era sentimental.⁠ ⁠…

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