Al final de la conferencia, se sentó a ordenar y reordenar apresuradamente lo que había espigado; consciente de que su atención se había desviado una y otra vez hacia afirmaciones sueltas que le habían atraído, deseando comunicarse con otros miembros del público con la esperanza de llenar los vacíos.
Tal vez las preguntas harían volver algunas de las cosas que se había perdido.
Pero nadie parecía tener nada que preguntar.
El relajamiento de los calurosos y prolongados aplausos había dado paso a esa clase de silencio que cae en una sala tras unos saludos vociferantes, cuando la ocasión tan esperada se desvanece y los amigos reunidos se vuelven de repente irreconociblemente pequeños y compactos.
Miró a la mujer a su lado y captó una rápida mirada de respuesta que la sobresaltó, clara, azul, blanca y distante en su límpida frescura a pesar de todo, con su fría y comprensiva familiaridad.
Algo se había ido para siempre de la noche y de ella misma. La extraña mujer era exactamente igual a alguien… un disfraz de alguien.
Rompiendo el silencio, una voz resonó desde el fondo de la sala. «Si el conferenciante piensa —y parece deplorar el hecho— que la teología trata los problemas metafísicos de una manera no metafísica, es decir, desde el punto de vista de la metafísica, de una manera acientífica...» comparada con la del doctor McHibbert, su voz sonaba como la de un hombre ebrio discutiendo consigo mismo en el vagón de un tren... «¿no podríamos decir que cuando la metafísica se toma la libertad de criticar la validez de los conceptos científicos, lo hace, desde el punto de vista de la ciencia, de una manera acientífica?».