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III

Su cabeza se había elevado por encima del nivel de la luz más intensa, pero parecía aún más de un amarillo grisáceo que antes; el pelo escaso, los ojos, el bigote de abruptas guías moviéndose de forma muy notable al compás de su voz aflautada, el traje de tweed pálido, todo de un gris amarillento uniforme, y su figura entera, erguida y semimilitar, acorralada, como si la habitación estuviera llena de voces burlonas.

Su larga perorata contenía todo lo que la señora Bailey había dicho y le informaba además de que la conferencia trataba sobre literatura española. Londres era extraordinario.

Un francés, dando de repente una conferencia en inglés sobre literatura española; al final de la semana que viene.

Concluyó su tremenda frase diciéndole que ella era secretaria y debía disculpar su insistencia, que necesitaba los servicios de una secretaria inglesa y que ahora, con su permiso, leería la primera parte de la conferencia para que ella pudiera indicarle cuándo fallaba su entonación.

Eso sería inmensamente interesante y fácil, pensó, y se sentó en el taburete del piano mientras él reunía su manojo de papeles y explicaba que la entonación extranjera era la piedra angular, siempre descuidada, del dominio de una lengua extranjera.

En un momento estuvo de nuevo sobre la alfombra de la chimenea, empezando su conferencia en un tono que era una exageración tal de su voz conversacional, tan agudo y con un silbido redondeado, tan sumamente cuidadoso en la enunciación que Miriam no pudo oír más que un ululato fuerte y tenue, lleno de los ecos de los cuidadosos principios y finales de las palabras inglesas.

La primera frase era mucho más larga que su discurso dirigido a ella y, cuando terminó, ella no supo cómo ni por dónde empezar.

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