expiación. Él encajaba, situado así, feliz, sin problemas ni envidias, en posesión de sí mismo y de sus recuerdos en la habitación donde los había verbalizado, en el centro de la vida inglesa donde todo se volvía propicio, en el último reducto de la mente privada inglesa donde la condena no podía sobrevivir. Lo reforzaba con una conciencia que no estaba en los ingleses, haciéndolo manifestarse como una idea, revelando en términos llanos su incapacidad para llevarla a cabo. …
Así sería siempre su tiempo libre. Pero no era parte de su vida. En esta tranquilidad no había seguridad ... nos sentaremos siempre así; debemos hacerlo, se dijo a sí misma con impaciencia hacia su inconsciencia.
¿Por qué no percibía la vida que había, el modo de vida, en este sentarse tranquilos juntos? ¿No pensaba en nada más que en su lectura? Ella escuchó por un momento, medio transportada por la cualidad del texto. Había realidad allí, Spinoza, a solas, sonando como si las palabras estuvieran siendo trazadas ahora, por primera vez.
Un día, en un momento de vacuidad, ella lo leería y estaría de acuerdo y en desacuerdo y se llevaría alguna idea y la perdería y la recuperaría y seguiría adelante, perdiendo y recuperando, estando de acuerdo y en desacuerdo ...
Cuando él se fuera, su vida quedaría desprovista de libros seleccionados con inteligencia y del aguijón del conflicto con ellos... eso no importaría; tal vez; los libros llegarían, de algún modo, de la manera imprevista en que siempre lo hacían.
Pero era imposible enfrentarse al final de estas serenas, tranquilas y maduras veladas de pacífica unión, de la silenciosa y barbinegra figura, sentada cerca, felizmente absorta...
“Bueno, ¿qué te parece esto?”
“No he estado asistiendo. Pero lo leeré... algún día”.