“Hola, Mirry, ¿qué te parece el emporio?”
Gerald, con sus modales de siempre, su voz suave, pulida y amable, su apretón de manos limpio y firme a través del mísero mostrador, le otorgaba la aprobación del mundo entero a la empresa de Eve.
—He empaquetado suficiente té como para durarte toda la maldita noche —continuó en medio de las exclamaciones de Miriam— y al menos veinte personas han entrado desde que te fuiste.
Una puertecita se abrió de par en par en el muro justo detrás de él y Harriett, con un mono de trabajo, apareció en lo alto de un corto tramo de escaleras, dando saltitos en el umbral.
Miriam corrió detrás del mostrador, con total libertad, el establecimiento de Eve, el de ambas, a sus espaldas.
—Hola, tontaina —sonrió radiante Harriett, besándola y sacudiéndola—. Solo he bajado corriendo, no puedo quedarme ni un minuto, estoy en medio de nueve cenas, se marchan todos mañana y tienes que venir a dormir a nuestra casa.
Huyó escaleras abajo, salió por la tienda y se alejó colina arriba, propinándole un enérgico empujón a Gerald al pasar junto a él, que estaba apoyado junto a Eve sobre la caja registradora.
Miriam fue bien recibida. El hecho de su visita significaba más para Harriett que sus inquilinos. Recogió sus pertenencias y las subió por los escalones, pasando junto a un tramo de escaleras pequeñas y oscuras, hasta una pequeña habitación oscura.
Un fueguito ardía en una diminuta cocina económica; una vela titilaba en la hornacina de la chimenea con la corriente de aire procedente de la tienda; no había ventana y el aire de la habitación era viciado por los olores combinados de las cosas amontonadas en ese reducido espacio.