La mañana se había convertido en pleno día. … Gerald y Eve hacían declaraciones atareadas e innecesarias, repasando en forma de pregunta y respuesta la historia de la tienda y cosas que ya se habían discutido hasta la saciedad de forma obvia. Por el rostro de Harriett cruzaban pensamientos sobre Eve y su aventura como un comentario raudo sobre la conversación. De vez en cuando delataba su impaciencia, saltando con enmiendas irónicas y bruscas, y al poco se levantó con un suspiro, dándole unos golpecitos suaves a Miriam: «Venga, tienes que probarte esa blusa». La charla se cortó de golpe. Eve volvió el rostro ruborizado y se reclinó mirando con inquietud hacia la nada, como si hubiese olvidado decir algo.
—Pruébatelo aquí abajo —dijo Gerald.
«No seas idiota».
—No pasa nada. No nos importa. No miraremos hasta que se lo ponga.
“Si miras entonces, te deslumbrará mi resplandor”. Miriam se quedó escuchando con asombro los ecos de la frase, moldeada de la nada en sus labios por algo en su interior, desconocido, digno de ser bienvenido con frenesí si su poder de usar palabras que la dejaban no solo intacta y sin gastar, sino tensa y vigorizada, resultaba ser fiable. Vio las palabras avanzar fuera de ella con vida propia, palpables, un hilo dorado entre ella y el mundo, el primer cabo de un brillante diseño que ella y Gerald tejerían a partir de sus respectivas absorciones cada vez que sus vidas se cruzaran. A través del reconocimiento bromista de Gerald, contempló el futuro ante ella, una perspectiva interminable de dichoso silencio ininterrumpido, blindada por el don de la palabra. … La figura de Eve, sentada de espaldas hacia el fuego, la arrojó de golpe a la realidad. Para Eve sus palabras no eran silencio; sino un golpe deliberado. Con un escalofrío de tristeza reconoció el poder creativo de la ira. Si no se hubiera