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I

Londres sería la visita del sábado al Museo Británico. Su ávido interés extranjero sacaría adelante la visita… y ella recordó, mientras crecía en su pensamiento una animación repentina hacia la continua charla de él, que ella podía enseñarle los mármoles de Elgin.

A la tarde siguiente, al bajar al salón a la hora acordada, Miriam lo encontró vacío y alumbrado tan solo por el reflejo de la calle.

De pie en aquella penumbra azul que conocía tan bien, pasó por un momento de duda sobre si alguna vez había estado realmente sentada charlando en esta habitación con el señor Shatov. Parecía haber pasado muchísimo tiempo.

Su mera presencia allí ya había sido bastante extraña; juventud, saber y prosperidad donde durante tanto tiempo no había habido más que la presencia ocasional de gente envuelta en misteriosos y vergonzosos apuros, y ninguna otra conversación que el intercambio, tan rápidamente avinagrado, de quienes intentan disimular.

Quizás solo llegaba tarde.

Encendió el gas y, dejando la puerta de par en par, se sentó al piano. Los tonos apagados, flojos y de vibración superficial le devolvieron la convicción de que la casa volvía a ser como antes, con su habitual grupo intermitente de huéspedes, que llegaban puntuales a las comidas, se soportaban unos a otros abajo en el calor hasta la hora de acostarse, desapareciendo uno a uno por las escaleras sin luz, tomando el té aquí arriba los domingos, y para ella, la libertad de la gran casa oscura, el olvido cotidiano de moverse por ella, la aproximación por la calle vieja, gris, silenciosa y eternamente soñadora por la tarde, tarde en la noche, bajo todos los cambios de estación y de clima; * el salón vacío que era suyo cada domingo por la mañana con su piano, y siempre allí por la noche dentro de su puerta abierta, invitándola a su quietud iluminada de azul; * su habitación de arriba, viva de vez en cuando bajo algún hechizo casual del clima, o algún libro que le hacía sentir

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