convivir con simpatía con las personas abatidas y huyó aterrorizada ante sus circunstancias inexorablemente crueles. Estaban todos tan acorralados, tan estrechamente agrupados que no tenían bordes libres, y estaban completa y públicamente a merced de las cosas que sucedían. Todo el mundo en la vida social era consciente de esto. La gente experimentada decía «siempre hay algo», «cada casa guarda un secreto»…
Pero ¿por qué se metía la gente en los armarios? Algo o alguien tenía la culpa. De algún modo que latía en la imagen, ya de una forma ya de otra, eludiendo por poco la expresión en cualquier afirmación aislada que ella pudiera formular, aquellas vidas de aspecto luminoso, libres de todo lo que la civilización tenía que ofrecer, tenían todas la culpa; todas mirando hacia el mismo lado, ajenas a cualquier cosa que no fuera la vida que llevaban entre ellos, proyectaban la sombra que se cernía sobre todos ellos; invitaban a sus repentinos descensos. …
Sentía que sus pensamientos eran crueles; como un golpe gratuito, digno de una venganza instantánea por parte de alguna tercera parte observadora e invisible; pero aun mientras, en presencia de la simpatía de la señora Orly, se acusaba a sí misma de falta de corazón y se esforzaba por refugiarse en una perspectiva más bondadosa, era consciente, bullendo dentro de su convicción, de alguna vaga forma de verdad que ninguna simpatía podía encubrir.
A las seis, la puerta principal se cerró tras ella, expulsándola al repiqueteo multitudinario de la fuerte lluvia. Con la vista de la calle conocida acortada por la oscuridad hasta convertirse en un trecho iluminado tenuemente por farolas apagadas y envueltas en lluvia, sus años de salidas cotidianas hacia Londres la rodearon con más claridad que nunca antes como un logro único e ininterrumpido.