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I

Shatov, quien no lo esperaba hasta el domingo, pero que iría ahora mismo, con su permiso, a buscar su juego arriba.

Ella se demoró mientras él se apresuraba a marchar, echando una ojeada a los pequeños libros sobre la mesa. El Emerson no estaba entre ellos. La figura invisible e inmóvil sobre la alfombra de la chimenea le había traído un mensaje que ella había olvidado en su enfado por la intromisión de él.

Saliendo de la habitación hacia su tenue reflejo en el espejo cerca de la puerta, se acercó al pensamiento que aguardaba⁠— La voz de Mr. Shatov irrumpió, hablando con entusiasmo con Mrs. Bailey en el piso de abajo. Desde el descansillo le oyó suplicar que fuese un recipiente grande, quite voll tea; algún ropaje para envolverlo, y que el gazz se dejara encendido.

Iban a jugar al ajedrez, durante toda la noche, en aquella habitación fría… pero el pensamiento estaba allí con agrado. La presencia del médico polaco había confirmado la historia de Mr. Shatov. No había sido el cuento de un joven para encubrir una escapada.

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