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VII

Hacía mucho que no veía la habitación vacía. Su ausencia se la había devuelto con su antiguo carácter tenebroso; profundas sombras negras y espacios de débil luz azul que entraban a través de las cortinas de encaje, dibujando su malla estampada sobre el brillo de las paredes opuestas. La vieja y familiar presencia estaba allí en el silencio de la noche, disolviendo los ecos del día y prometiendo, si se quedaba el tiempo suficiente en su interior, la emergencia del mañana, un cuadro, de largas perspectivas, visto de repente en la distancia, solo sobre una pared desnuda. Se quedó quieta, adentrándose rápidamente en la zona neutral entre los dos días, más y más en los espacios de la oscuridad, hasta que todo desapareció, y todos los días fueron estridentes irrelevancias lejanas, incapaces para siempre de interponerse entre ella y el sonido de la quietud y su tacto, un aliento fresco, que la atravesaba sin encontrar obstáculos.

No podía recordar si lo había visto levantarse primero o si había oído los tonos profundos saliendo de la oscuridad aterciopelada.

—No, no me ha asustado. He estado en una conferencia —dijo hundiéndose en un sopor semejante al sueño en una silla arrastrada más allá de la luz de la ventana, enfrente de la suya, a lo largo de la cual cruzaba un rayo de luz que caía, ahora que él volvía a estar sentado, únicamente sobre su rostro.

Miriam lo contempló desde la oscuridad protectora, tanteando somnolienta el camino de regreso hacia alguna recuperación lúcida del acontecimiento de su tarde.

“Ah. Es una lástima que yo no pudiera estar allí”. Sus palabras rompieron la quietud, una inmensidad de comunicación, lanzada hacia adelante a través de su despreocupado

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