chicas en el pasillo, envueltas en su código, hacían «trabajo de asentamiento». No parecían filántropas. Lo que más les gustaba era el edificio, los pasillos y arcos de piedra gris, y estar fuera de casa en una prolongada aventura, libres para tejer colores brillantes a lo largo de los bordes invisibles de la vida. No podía imaginarlas convertidas jamás en algo remotamente parecido a los ancianos filántropos de la tribuna. Pero no eran libres. El lugar era una especie de monasterio de la cultura. Si vistieran hábitos, serían libres y profundamente inspiradoras. Pero andaban por ahí vestidas con anhelo con los colores de paisajes bańados por el sol, y vivían su vida social a base de ideas. Había algo monástico en el imponente salón, con sus paredes de tonos neutros y sus ventanas situadas en lo alto. Pero el sitio era moderno y bien ventilado, incluso severamente gélido.
Girándose sobre el hombro para examinar al atento público, se sintió sorprendida por su efecto de intelectualidad compacta.
Aquella gente no era ciertamente la pobre del vecindario. La gran mayoría eran hombres, y dondequiera que mirase se encontraba con rostros de los que apartaba los ojos rápidamente para no sonreír de satisfacción.
Incluso aquellos que estaban cargados de corpulencia y barbas tenían la misma expresión vivaz y lúcida de bondadoso pensamiento aventurero. Eran una concurrencia selecta; como la Real Institución; pero más radiante.
Volvió la mirada hacia la tarima con grandes esperanzas en medio de la explosión de aplausos que saludaba la retirada de la apesadumbrada dama y que se tornaba en entusiasmo al emerger con timidez de detrás de uno de los grandes biombos de la tarima una alta figura en traje de noche, un