observan los hechos, el fin de esta posibilidad está a la vista. Se acerca el momento del cierre de esta última puerta”.
“No creo que Inglaterra lo haga jamás. ¿Cómo pueden? ¿Adónde irán los judíos? Es imposible de imaginar. Será el fin de Inglaterra si empezamos con esa clase de cosas”.
“Puede ser el comienzo de la nacionalidad judía. Ah, al menos esta visita ha despertado a todo el sionista que hay en mí”.
“Es una idea gloriosa”.
Su tarde había estado llena de acontecimientos; devolviéndolo a la frescura de los días en Basilea. Fue entonces, pensó ella, en el momento en que él se encontraba bañado por la belleza incesante del entorno, e inmerso en ella, en asociación indisoluble con los estudiantes de las fotografías, suspendidos dichosamente irresponsables en un embeleso perpetuo y sin límites, siendo él mismo el más intacto de todos, el más tersamente redondeado y entregado con elasticidad, con su rostro infantil, confiado y de canto profundo, cuando había sido conmovido, moldeado y enviado; su futuro orientado hacia una sola cosa separada, el más estrecho, extraño y desconocido de los movimientos, lejos de la amplia vida europea que había fluido a través de su mente.
“Es un sueño, lejano. En Inglaterra casi ni eso”. Ante él se extendía la nada. Inconsciente de su juventud y de su encanto radiante, destilado del mundo moderno; francés, ruso, con un cerebro filosófico de alemán, estaba allí sentado, de rostro pálido, un viejo viejísimo, inconmensurablemente viejo, aislado, a solas con su convicción, frente a los espacios vacíos del futuro. ¿Por qué no podía conformarse con ser europeo? Ella se balanceó, tirando del nudo. En su inteligencia profundamente saturada aún existía un equilibrio del lado desde el cual le había declarado a su padre que primero era un hombre; luego, un judío. Por los accidentes de la vida, esto podía atesorarse. Las voces de la