Bill, por supuesto, nunca había sido famoso por su brillantez mental. Por otra parte, conocía —o debería conocer— a su Bundle. Y consideraba que Jimmy Thesiger, a pesar de conocerla solo ligeramente, debería haber sabido que no era tan fácil deshacerse de ella de forma tan rápida y sumaria.
Una vez en la intimidad de su propia habitación, Bundle se puso manos a la obra rápidamente.
Primero se quitó el vestido de noche y la insignificante fruslería que llevaba debajo, y empezó de nuevo, por decirlo así, desde los cimientos. Bundle no había llevado a su doncella con ella, y se había hecho la maleta sola.
De otro modo, la desconcertada francesa podría haberse preguntado por qué su señora se llevaba unos pantalones de montar y ningún otro equipo ecuestre.
Ataviada con pantalones de montar, zapatos con suela de goma y un jersey oscuro, Bundle estaba lista para la batalla.
Miró la hora. Todavía no era más que la una y media.
Demasiado temprano, con mucho. Fuera lo que fuese a suceder, no ocurriría hasta pasado un buen rato. A los ocupantes de la casa había que darles tiempo a todos para que se durmieran.
La una y media era la hora fijada por Bundle para el inicio de las operaciones.
Apagó la luz y se sentó junto a la ventana a esperar.
Puntualmente a la hora acordada, se levantó, empujó el marco hacia arriba y pasó una pierna por encima del alféizar. La noche era hermosa, fría y tranquila. Había luz de estrellas, pero no luna.