equivocado. Un paso cruzaba la habitación exterior. Introdujeron la llave en la cerradura y la giraron. Bundle contenía la respiración. ¿Era Jimmy que venía a rescatarlos, o era otra persona?
La puerta se abrió y el señor Mosgorovsky, de barba negra, apareció en el umbral.
Inmediatamente Bill dio un paso al frente, poniéndose delante de Bundle.
“Mire usted —dijo—, quiero hablar con usted a solas”.
El ruso no contestó durante uno o dos minutos. Se quedó de pie acariciándose la larga y sediza barba negra y sonriendo calladamente para sus adentros.
—Así pues —dijo por fin—, es de ese modo. Muy bien. La dama tendrá a bien venir conmigo.
—Todo va bien, Bundle —dijo Bill—. Déjamelo a mí. Vete con este tipo. Nadie va a hacerte daño. Sé lo que me hago.
Bundle obedeció dócilmente. Aquel tono de autoridad en la voz de Bill era nuevo para ella. Parecía absolutamente seguro de sí mismo y confiado en su capacidad para afrontar la situación. Bundle se preguntó vagamente qué era lo que Bill tenía —o creía tener— bajo la manga.
Ella salió de la habitación pasando por delante del ruso. Él la siguió, cerrando la puerta tras de sí y echando la llave.
—Por aquí, por favor —dijo él.
Él indicó la escalera y ella subió obedientemente al piso superior.
Aquí le indicaron que pasara a una habitación pequeña y desaliñada, que ella supuso que era el dormitorio de Alfred.