Dio una última mirada a la habitación para ver si había olvidado algo, y en ese momento el gran perro se levantó y se acercó a ella, mirándola con ojos suplicantes y meneando la cola.
Loraine negó con la cabeza.
“No, Lurcher. No puedes ir. La señora no puede llevarte. Tienes que quedarte aquí y ser un buen chico”.
Depositó un beso en la cabeza del perro, hizo que se volviera a echar en su alfombra y luego salió de la habitación sin hacer ruido, cerrando la puerta tras de sí.
S salió de la casa por una puerta lateral y se dirigió al garaje, donde su pequeño coche biplaza la esperaba listo.
Había una pendiente suave, y dejó que el coche bajara por ella en silencio, sin encender el motor hasta que estuvo a cierta distancia de la casa.
Luego miró el reloj de su muñeca y pisó el acelerador.
Dejó el coche en un lugar que había fichado con antelación. Había allí un hueco en la valla por el que podía pasar fácilmente.
Unos minutos más tarde, ligeramente embarrada, Loraine se encontraba dentro de los terrenos de la abadía de Wyvern.
Tan silenciosamente como le fue posible, se encaminó hacia el venerable edificio cubierto de hiedra. A lo lejos, el reloj de la caballeriza dio las dos.
El corazón de Loraine latía con más fuerza a medida que se acercaba a la terraza. No había nadie alrededor, ni rastro de vida en ninguna parte. Todo parecía tranquilo y apacible. Llegó a la terraza y se quedó allí, mirando a su alrededor.