—No me imagino a Pongo metiéndose en líos —dijo Jimmy—. Le ha ido muy bien hasta ahora; se ha metido en el bolsillo al viejo Coote y parece que va a quedarse en el puesto para siempre.
—Superintendente Battle —dijo Bundle.
—¿Sí, Lady Eileen?
—¿No le parece muy extrañísimo que sir Oswald no dijera qué estaba haciendo rondando por el jardín en mitad de la noche?
—¡Ah! —dijo Battle—. Sir Oswald es un gran hombre, y un gran hombre siempre sabe que no debe dar explicaciones a menos que se le exijan. Precipitarse a dar explicaciones y excusas es siempre un signo de debilidad. Sir Oswald lo sabe tan bien como yo. No va a venir a dar explicaciones y a disculparse; ni hablar. Simplemente se planta aquí y me bronquea. Es un hombre importante, sir Oswald.
Tan cálida admiración sonaba en el tono del superintendente que Bundle no insistió más en el tema.
—Y ahora —dijo el superintendente Battle, mirando alrededor con un ligero brillo en los ojos—, ahora que estamos reunidos y en plan de amigos..., me gustaría saber cómo se dio exactamente el caso de que la señorita Wade apareciera en escena tan oportunamente.
—Debería darle vergüenza —dijo Jimmy—. Habernos tomado el pelo a todos como lo hizo.
—¿Por qué me tienen que dejar al margen de todo? —exclamó Loraine con pasión—.
Nunca tuve la intención de estarlo; no, ni siquiera el primer día en sus habitaciones, cuando ambos me explicaron que lo mejor que podía hacer era quedarme tranquilamente en casa y mantenerme al margen del peligro. No dije nada, pero ya entonces me lo había propuesto.