Esta mañana dio unos golpes excelentes, realmente tan buenos como los que podría dar yo mismo.
Lord Caterham dio otro golpe despreocupado y arrancó un trozo inmenso de césped.
MacDonald, que pasaba por allí, lo recogió y lo volvió a clavar con firmeza. La mirada que le dedicó a lord Caterham habría hecho tragarse la tierra a cualquiera que no fuera un golfista empedernido.
—Si MacDonald se ha rendido culpable de crueldad hacia Cootes, lo que sospecho firmemente —dijo Bundle—, ahora está pagando por ello.
—¿Por qué no voy a hacer lo que me plazca en mi propio jardín? —exigió su padre—. MacDonald debería interesarse por cómo va progresando mi juego; los escoceses son una gran nación de golfistas.
—Pobre viejo —dijo Bundle—. Nunca vas a ser golfista; pero, al menos, te mantiene alejado de los líos.
—En absoluto —dijo lord Caterham—. El otro día hice el largo hoyo seis en cinco. El profesional se quedó muy sorprendido cuando se lo conté.
—Lo estaría —dijo Bundle.
—A propósito de Cootes, Sir Oswald juega una partida limpia, muy limpia. Aunque no tiene un estilo muy estético... demasiado rígido. Pero siempre va directo por el centro. Y resulta curioso cómo se le ve la pezuña: ¡no te concede un putt ni de quince centímetros! Te obliga a meterla siempre. Eso a mí no me gusta.
—Supongo que es un hombre a quien le gusta estar seguro —dijo Bundle.
—Va en contra del espíritu del juego —dijo su padre—. Y a él tampoco le interesa la teoría del asunto. Dice que solo juega para hacer ejercicio y no