El superintendente Battle al mando
Eran las diez de la mañana del día siguiente. El sol entraba a raudales por los ventanales de la biblioteca, donde el superintendente Battle trabajaba desde las seis. A instancias suyas, George Lomax, sir Oswald Coote y Jimmy Thesiger acababan de reunirse con él, tras haber repuesto las fatigas de la noche con un desayuno contundente.
El brazo de Jimmy estaba en cabestrillo, pero apenas mostraba otros rastros del asunto de la noche.
El superintendente los miró a los tres con benevolencia, con cierto aire de amable conservador que le explica un museo a unos niños pequeños.
Sobre la mesa, a su lado, había varios objetos, cuidadosamente etiquetados. Entre ellos, Jimmy reconoció a Leopoldo.
—Ah, superintendente —dijo George—, he estado deseando saber cómo le ha ido. ¿Ha atrapado al hombre?
—Le va a costar mucho trabajo echarle el guante, ya lo creo —dijo el superintendente con total tranquilidad.
Su fracaso en ese aspecto no parecía atormentarle.