Las aventuras de Loraine
Loraine Wade se incorporó en la cama y encendió la luz. Faltaban exactamente diez minutos para la una. Se había acostado temprano, a las nueve y media. Poseía la útil facultad de saber despertarse a la hora deseada, por lo que había podido disfrutar de unas horas de sueño reparador.
Dos perros dormían en la habitación con ella, y uno de estos levantó ahora la cabeza y la miró inquisitivamente.
—Silencio, Lurcher —dijo Loraine, y el gran animal volvió a bajar la cabeza obedientemente, observándola desde entre sus peludas pestañas.
Es verdad que Bundle había dudado alguna vez de la docilidad de Loraine Wade, pero ese breve momento de sospecha había pasado. Loraine le había parecido tan enteramente razonable, tan dispuesta a mantenerse al margen de todo.
Y sin embargo, si estudiabas el rostro de la muchacha, veías que había firmeza de propósito en la pequeña y decidida mandíbula y en los labios que se cerraban con tanta fuerza.
Loraine se levantó y se vistió con un traje sastre de tweed. En uno de los bolsillos del saco metió una linterna eléctrica. Luego abrió el cajón de su tocador y sacó una pistolita con mango de marfil, que parecía casi un juguete. La había comprado el día anterior en Harrods y estaba muy contenta con ella.