Primero, pues, debemos recordar siempre que Rousseau escribe en el siglo XVIII y, en su mayor parte, en Francia. Ni la monarquía francesa ni la aristocracia ginebrina amaban la crítica abierta, y Rousseau siempre tuvo que ser muy cuidadoso con lo que decía.
Esto puede parecer una afirmación curiosa sobre un hombre que sufrió una persecución continua a causa de sus doctrinas subversivas; pero, aunque Rousseau fue uno de los escritores más atrevidos de su tiempo, se vio obligado continuamente a moderar su lenguaje y, por regla general, a limitarse a la generalización en lugar de atacar abusos particulares.
La teoría de Rousseau ha sido a menudo denigrada por considerarse demasiado abstracta y metafísica. Esto es en muchos aspectos su gran mayor virtud; pero allí donde lo es en exceso, la culpa la tiene el accidente del tiempo.
En el siglo XVIII era, a grandes rasgos, seguro generalizar e inseguro particularizar. El escepticismo y el descontento constituían el temple predominante de las clases intelectuales, y un despotismo corto de miras sostenía que, mientras se limitaran a estos, harían poco daño.
Las doctrinas subversivas solo se consideraban peligrosas cuando se formulaban de modo que atrajeran a las masas; la filosofía se tenía por impotente. Los intelectuales del siglo XVIII generalizaron, por tanto, a sus anchas y, por lo general, sufrieron poco por su lesa majestad: Voltaire es el ejemplo típico de semejante generalización. El espíritu de la época favorecía tales métodos, por lo que resultaba natural que Rousseau los siguiera.
Pero sus observaciones generales tenían un modo de encerrar aplicaciones particulares tan evidentes, y estaban tan claramente inspiradas por una actitud determinada hacia el gobierno de su época, que hasta la filosofía resultaba peligrosa en sus manos, y fue atacado por lo que los hombres leían entre líneas en sus obras.