reunido para dedicar su tiempo a los asuntos públicos, y es evidente que no podría establecer comisiones para tal fin sin que la forma de la administración cambie.
De hecho, puedo establecer con confianza como principio que, cuando las funciones del gobierno se hallan repartidas entre varios tribunales, los menos numerosos adquieren tarde o temprano la mayor autoridad, tan sólo porque se encuentran en condiciones de despachar los asuntos, y el poder recae así naturalmente en sus manos.
Además, ¡cuántas condiciones difíciles de reunir supone un gobierno semejante!
- En primer lugar, un Estado muy pequeño, donde el pueblo pueda reunirse fácilmente y en el que cada ciudadano pueda conocer sin dificultad a todos los demás;
- en segundo lugar, una gran simplicidad de costumbres, para prevenir que los asuntos se multipliquen y susciten cuestiones espinosas;
- a continuación, una gran igualdad en rango y fortuna, sin la cual la igualdad de derechos y de autoridad no puede subsistir por mucho tiempo;
- por último, poco o ningún lujo; pues el lujo es producto de las riquezas o las hace necesarias; corrompe a la vez al rico y al pobre, al primero por la posesión y al segundo por la codicia; entrega la patria a la molicie y a la vanidad, y despoja al Estado de todos sus ciudadanos para convertirlos en esclavos unos de otros, y todos a la vez en esclavos de la opinión pública.
He aquí por qué un célebre escritor ha hecho de la virtud el principio fundamental de las Repúblicas; pues todas estas condiciones no podrían existir sin la virtud. Pero, por falta de las distinciones necesarias, aquel gran pensador fue a menudo inexacto, y a veces oscuro, y no vio que, siendo la autoridad