El uso de falsos conceptos históricos es característico de los siglos XVII y XVIII, y hay que felicitar a Rousseau más por haber evitado darles demasiada importancia que criticarle por emplearlos.
Es dudoso si el «Discurso sobre la economía política», impreso por primera vez en la gran Enciclopedia en 1755, fue compuesto antes o después del «Discurso sobre la desigualdad». A primera vista, el primero parece mucho más propio del estilo del Contrato social y contiene puntos de vista que pertenecen esencialmente al periodo constructivo de Rousseau. No sería prudente, sin embargo, concluir a partir de esto que su fecha sea realmente posterior.
El «Discurso sobre la desigualdad» conserva todavía mucho de la laxitud retórica del ensayo de concurso; aspira no tanto al razonamiento riguroso como a la exposición eficaz y popular de una causa. Pero, leyendo entre líneas, un estudiante atento puede descubrir en él gran parte de la doctrina positiva que más tarde se incorporaría al Contrato social. Especialmente en la sección final, que establece el plan de un tratamiento general de las cuestiones fundamentales de la política, nos encontramos ya en cierta medida en la atmósfera de las obras posteriores.
En verdad es casi seguro que Rousseau nunca intentó plasmar en ninguno de los dos primeros Discursos el contenido positivo de su teoría política. No fueron concebidos como exposiciones definitivas de su punto de vista, sino como estudios parciales y preliminares, en los cuales su propósito era mucho más destructivo que constructivo. Es evidente que al concebir por primera vez el plan de una obra sobre las «Instituciones políticas», Rousseau no pudo haber tenido la intención de considerar a toda sociedad como intrínsecamente mala. Es más, resulta evidente que se propuso, desde el principio, estudiar la sociedad y las instituciones humanas en su aspecto racional, y que el concurso de la Academia de Dijon lo desvió de su propósito principal más de lo que lo indujo por primera vez a reflexionar sobre cuestiones políticas.