El mismo (Continuación)
En el momento en que el pueblo se halla legítimamente reunido como cuerpo soberano, cesa toda jurisdicción del gobierno, se suspende el poder ejecutivo y la persona del más ínfimo ciudadano es tan sagrada e inviolable como la del primer magistrado; pues ante la persona representada ya no existen representantes.
La mayor parte de los tumultos que surgieron en los comicios de Roma se debieron a la ignorancia o al descuido de esta regla. Los cónsules no eran en ellos más que los presidentes del pueblo; los tribunos, meros oradores; y el senado, absolutamente nada.
Estos intervalos de suspensión, durante los cuales el príncipe reconoce o debería reconocer a un superior actual, siempre han sido contemplados por él con alarma; y estas asambleas del pueblo, que son la égida del cuerpo político y el freno del gobierno, han sido en todo tiempo el horror de los gobernantes, quienes por ello nunca escatiman esfuerzos, objeciones, dificultades y promesas para impedir que los ciudadanos las celebren.
Cuando los ciudadanos son avaros, cobardes y pusilánimes, y aman la comodidad más que la libertad, no resisten por mucho tiempo los esfuerzos redoblados del gobierno; y así, como la fuerza de resistencia crece incesantemente, la autoridad soberana termina por desaparecer, y la mayor parte de las ciudades caen y perecen antes de tiempo.
Pero entre la autoridad soberana y el gobierno arbitrario interviene a veces un poder medio del que es preciso decir algo.