contrario, afirma explícita y coherentemente la presencia de tal oposición (Libro I, cap. VII). Lo que afirma es, primero, que el Soberano, como tal, no puede tener ningún interés contrario al interés de los ciudadanos en conjunto —eso es obvio—; y, segundo, que no puede tener un interés contrario al de ningún individuo. El segundo punto lo prueba Rousseau al demostrar que la omnipotencia del Soberano es esencial para la preservación de la sociedad, la cual a su vez es necesaria para el individuo. Su argumento, sin embargo, descansa realmente en el carácter fundamental de la Voluntad General. Admitiría que, en cualquier Estado real, el interés aparente de muchos podría entrar a menudo en conflicto con el de unos pocos; pero sostendría que el interés real del Estado y del individuo por igual, al estar sujeto a la ley universal, no podría ser tal que entrara en conflicto con ningún otro interés real. El interés del Estado, en la medida en que está dirigido por la Voluntad General, debe ser el interés de cada individuo, en la medida en que este se guía por su voluntad real, es decir, en la medida en que actúa de manera universal, racional y autónoma.
Así, la justificación de la teoría de la libertad de Rousseau vuelve al punto del que partió: la omnipotencia de la voluntad real en el Estado y en el individuo. Es en este sentido en el que habla del hombre en el Estado como «forzado a ser libre» por la Voluntad General, muy a la manera en que Kant podría hablar de la naturaleza inferior de un hombre como forzada a ser libre por el mandato universal de su voluntad superior, más real y más racional. Es en este reconocimiento del Estado como un ser moral, con poderes de determinación similares a los poderes de la mente individual, donde radica en última instancia la importancia de la Voluntad General.