El Estado no es un mero accidente de la historia humana, un mero artificio para la protección de la vida y de la propiedad; responde a una necesidad fundamental de la naturaleza humana y tiene sus raíces en el carácter de los individuos que lo componen. El conjunto complejo de las instituciones humanas no es una mera estructura artificial; es la expresión de la mutua dependencia y confraternidad de los hombres. Si significa algo, la teoría de la Voluntad General significa que el Estado es natural, y el «estado de naturaleza», una abstracción. Sin esta base de voluntad y de necesidad natural, ninguna sociedad podría subsistir ni por un momento; el Estado existe y reclama nuestra obediencia porque es una prolongación natural de nuestra personalidad.
El problema, sin embargo, sigue siendo el de lograr que la Voluntad General, en cualquier Estado particular, sea activa y consciente.
Es evidente que hay Estados en los que las instituciones visibles y reconocidas apenas responden en aspecto alguno a sus exigencias. Incluso en tales Estados, sin embargo, hay un límite para la tiranía; en lo más profundo, en costumbres inmemoriales con las que el déspota no osa interferir, la Voluntad General sigue siendo activa e importante.
No reside meramente en la organización exterior y visible de las instituciones sociales, en ese complejo de asociaciones formales que podemos llamar Estado; sus raíces van más hondo y sus ramas se extienden más lejos. Se realiza, en mayor o menor grado, en toda la vida de la comunidad, en todo el complejo de relaciones privadas y públicas que, en el sentido más amplio, puede llamarse Sociedad.
Podemos reconocerla no solo en un Parlamento, una Iglesia, una Universidad o un Sindicato, sino también en las relaciones humanas más íntimas, y en las costumbres sociales más triviales, así como en las más vitales.