Pero si ningúna autoridad es más vigorosa que esta, tampoco hay ninguna en la que la voluntad particular tenga más imperio y gobierne más fácilmente al resto. Todo concurre en verdad hacia el mismo fin, pero este fin no es en absoluto el de la felicidad pública, y la fuerza misma de la administración se muestra constantemente prejudicial para el Estado.
Los reyes desean ser absolutos, y los hombres no cesan de clamarles desde lejos que el medio más seguro para serlo es hacerse amar por sus pueblos. Este precepto está muy bien y, en ciertos aspectos, es incluso muy verdadero; por desgracia, será siempre objeto de burla en las cortes.
El poder que proviene del amor de los pueblos es sin duda el mayor; pero es precario y condicional, y los príncipes jamás se contentarán con él. Los mejores reyes desean estar en situación de ser malvados, si les place, sin dejar de ser los amos: los predicadores políticos podrán decirles cuanto quieran que, siendo la fuerza del pueblo la suya propia, su mayor interés es que el pueblo sea próspero, numeroso y formidable; ellos saben perfectamente que esto no es verdad.
Su interés personal primero es que el pueblo sea débil, desdichado y incapaz de resistirseles. Admito que, a condición de que los súbditos permanezcan siempre en la sumisión, el interés del príncipe sería en verdad que este fuese poderoso, a fin de que su poder, al ser el suyo propio, lo hiciera formidable ante sus vecinos; pero, al ser este interés meramente secundario y subordinado, y siendo la fuerza incompatible con la sumisión, los príncipes prefieren de manera natural el principio que resulta más ventajoso de inmediato.
Esto es lo que Samuel expuso con fuerza a los hebreos, y lo que Maquiavelo ha mostrado con claridad. Pretendió dar lecciones a los reyes, pero a quien verdaderamente se las dio fue a los pueblos. Su Príncipe es el libro de los republicanos.