Un resultado de esta falta de coherencia es la inconstancia del gobierno real, el cual, regulado ora por un plan y ora por otro, según el carácter del príncipe reinante o de aquellos que reinan por él, no puede tener por mucho tiempo un objeto fijo o una política congruente; y esta variabilidad, que no se encuentra en las otras formas de gobierno, en las que el príncipe es siempre el mismo, hace que el Estado oscile continuamente de un principio a otro y de un proyecto a otro. Así podemos decir que, por lo general, si una corte es más sutil en la intriga, hay más sabiduría en un senado, y las repúblicas avanzan hacia sus fines mediante políticas más constantes y mejor meditadas; mientras que cada revolución en un ministerio real crea una revolución en el Estado; pues el principio común a todos los ministros y a casi todos los reyes es hacer en todo lo contrario de lo que hicieron sus predecesores.
Esta incoherencia aclara aún más un sofisma muy familiar para los escritores políticos realistas; no solo se compara el gobierno civil con el doméstico, y al príncipe con el padre de familia —este error ya ha sido refutado—, sino que además se le atribuyen gratuitamente al príncipe todas las virtudes que debería poseer, y se supone que es siempre lo que debe ser. Hecha esta suposición, el gobierno real es claramente preferible