que tener disputas sobre la elección de buenos reyes. No se ha tenido en cuenta que, al exponernos de tal modo a los riesgos que esta posibilidad entraña, ponemos casi todas las probabilidades en nuestra contra. Había mucho de sensato en lo que el joven Dionisio le respondió a su padre, quien le reprochaba haber cometido una acción vergonzosa preguntándole: «¿Te di yo el ejemplo?». —No —respondió su hijo—, pero tu padre no era rey.
Todo conspira para arrebatarle al hombre investido de autoridad sobre los demás el sentido de la justicia y de la razón.
Se nos dice que se pone mucho empeño en enseñar a los jóvenes príncipes el arte de reinar; pero su educación parece no servirles de nada. Sería mejor empezar por enseñarles el arte de obedecer.
Los mayores reyes cuyas alabanzas cuenta la historia no fueron educados para reinar: reinar es una ciencia de la que jamás estamos tan lejos como cuando hemos aprendido demasiado de ella, y una que se adquiere mejor obedeciendo que mandando.
“ Nam utilissimus idem ac brevissimus bonarum malarumque rerum delectus cogitare quid aut nolueris sub alio principe, aut volueris. ”