Si un gobierno ensanchara a la vez su esfera y relajase su rigor, su fuerza se volvería absoluta y totalmente nula, y subsistiría aún menos. Es preciso, por tanto, remontar el resorte a medida que cede; de lo contrario, el Estado que sostiene caería en la ruina.
La disolución del Estado puede producirse de dos maneras diferentes.
Primero, cuando el príncipe deja de administrar el Estado de acuerdo con las leyes, y usurpa el poder soberano.
Ocurre entonces un cambio notable:
- no es el gobierno, sino el Estado, el que sufre una contracción;
- quiero decir que el gran Estado se disuelve y se forma otro en su interior, compuesto únicamente por los miembros del gobierno, el cual pasa a ser para el resto del pueblo un simple amo y tirano.
De modo que en el momento en que el gobierno usurpa la soberanía, el pacto social se rompe, y todos los simples ciudadanos recuperan por derecho su libertad natural, viéndose forzados, mas no obligados, a obedecer.
Lo mismo ocurre cuando los miembros del gobierno usurpan individualmente el poder que solo deben ejercer como un cuerpo; esto es una infracción de las leyes igual de grave y da lugar a desórdenes aún mayores.
Hay entonces, por decirlo así, tantos príncipes como magistrados, y el Estado, no menos dividido que el gobierno, perece o cambia de forma.
Cuando el Estado se disuelve, el abuso del gobierno, sea el que fuere, lleva el nombre común de «anarquía». Para distinguir, la democracia degenera en «oclocracia», y la aristocracia en «oligarquía»; y añadiría que la realeza degenera en «tiranía»; pero esta última palabra es ambigua y necesita explicación.