Puede verse, por lo tanto, que además del orden que se lograba mediante estas diversas formas de distribuir a un pueblo tan numeroso y de tomar sus votos, los distintos métodos no se reducían a formas indiferentes en sí mismas, sino que los resultados de cada uno eran relativos a los objetivos que hacían que se le prefiriera.
Sin entrar aquí en más detalles, podemos deducir de lo que se ha dicho que los Comitia Tributa eran los más favorables al gobierno popular, y los Comitia Centuriata a la aristocracia. Los Comitia Curiata, en los que la plebe de Roma formaba la mayoría, al estar capacitados únicamente para favorecer la tiranía y los malos propósitos, cayeron naturalmente en descrédito, y hasta los sediciosos se abstuvieron de emplear un método que revelaba con demasiada claridad sus proyectos. Es indiscutible que toda la majestad del pueblo romano residía únicamente en los Comitia Centuriata, que eran los únicos que abarcaban a todos; pues los Comitia Curiata excluían a las tribus rústicas, y los Comitia Tributa, al senado y a los patricios.
En cuanto al método de emitir el voto, era entre los antiguos romanos tan sencillo como sus costumbres, aunque no tan sencillo como en Esparta.
Cada hombre declaraba su voto en voz alta, y un secretario lo anotaba debidamente; la mayoría en cada tribu determinaba el voto de la tribu, la mayoría de las tribus el del pueblo, y lo mismo con las curias y las centurias.
Esta costumbre era buena mientras la honradez triunfaba entre los ciudadanos y cada hombre se avergonzaba de votar públicamente a favor de una propuesta injusta o de un sujeto indigno; pero, cuando el pueblo se corrompió y los votos fueron comprados, convino que el voto fuera secreto para que los compradores pudieran ser refrenados por la desconfianza, y a los pícaros se les dieran los medios de no ser traidores.