el mismo efecto que esas crisis en los individuos: el horror al pasado reemplaza al olvido, y el Estado, incendiado por las guerras civiles, renace por decirlo así de sus cenizas y recupera de nuevo, saliendo de las fauces de la muerte, el vigor de la juventud. Tales fueron Esparta en tiempos de Licurgo, Roma después de los Tarquinos y, en los tiempos modernos, Holanda y Suiza tras la expulsión de los tiranos.
Pero tales acontecimientos son raros; son excepciones cuya causa debe buscarse siempre en la constitución particular del Estado de que se trate.
No pueden siquiera suceder dos veces a un mismo pueblo, pues este puede hacerse libre mientras siga siendo bárbaro, pero no cuando el impulso cívico ha perdido su vigor. Entonces las turbulencias pueden destruirlo, pero las revoluciones no pueden enmendarlo: necesita un amo, y no un libertador.
Pueblos libres, tened presente esta máxima: «La libertad puede adquirirse, pero nunca recuperarse».
La juventud no es la infancia. Hay para las naciones, como para los hombres, un periodo de juventud, o, digamos, de madurez, antes del cual no deben ser sometidas a leyes; pero la madurez de un pueblo no siempre es fácil de reconocer y, si se la anticipa, la obra se arruina. Un pueblo es apto para la disciplina desde el principio; otro, ni siquiera al cabo de diez siglos. Rusia no estará nunca verdaderamente civilizada, porque se civilizó demasiado pronto. Pedro tenía un genio imitador; pero carecía del genio verdadero, que es creador y lo hace todo de la nada. Hizo algunas cosas buenas, pero la mayor parte de lo que hizo estaba fuera de lugar. Vio que su pueblo era bárbaro, pero no vio que no estaba maduro para la