en su propio departamento, y, empezando por hacerse independientes, terminen por convertirse en amos.
Pero si la aristocracia no exige todas las virtudes necesarias para el gobierno popular, exige otras que le son propias; por ejemplo, la moderación por parte de los ricos y el contentamiento por la de los pobres; pues parece que una igualdad absoluta estaría fuera de lugar, ya que no se dio ni siquiera en Esparta.
Además, si esta forma de gobierno conlleva una cierta desigualdad de fortunas, esta se justifica para que, por regla general, la administración de los asuntos públicos pueda confiarse a quienes son más capaces de dedicarles todo su tiempo, pero no, como sostiene Aristóteles, para que los ricos sean siempre puestos en primer lugar.
Por el contrario, es importante que una elección opuesta enseñe de vez en cuando al pueblo que los méritos de los hombres ofrecen títulos de preeminencia más importantes que los de las riquezas.