de los poetas, sino que derivan de la naturaleza de la realidad y se fundamentan en la razón.
El derecho de conquista no tiene más fundamento que el derecho del más fuerte.
Si la guerra no le da al conquistador el derecho de masacrar a los pueblos vencidos, el derecho de esclavizarlos no puede fundarse en un derecho que no existe. Nadie tiene derecho a matar a un enemigo sino cuando no puede hacerlo esclavo, y el derecho de esclavizarlo no puede, por tanto, derivarse del derecho de matarlo.
Es, en consecuencia, un intercambio inicuo hacerle comprar a cambio de su libertad su vida, sobre la cual el vencedor no tiene ningún derecho. ¿Acaso no es evidente que hay un círculo vicioso al fundar el derecho de vida y muerte en el derecho de esclavitud, y el derecho de esclavitud en el derecho de vida y muerte?
Aun si admitimos este terrible derecho de matar a todo el mundo, sostengo que un esclavo hecho en la guerra, o un pueblo conquistado, no tiene ninguna obligación con un amo, excepto la de obedecerle en la medida en que sea obligado a ello. Al tomar un equivalente por su vida, el vencedor no le ha hecho ningún favor; en lugar de matarlo sin beneficio, lo ha matado útilmente.
Tan lejos está, pues, de adquirir sobre él ninguna autoridad además de la del uso de la fuerza, que el estado de guerra continúa subsistiendo entre ellos: su relación mutua es el efecto de este, y el uso del derecho de guerra no implica un tratado de paz.
En efecto, se ha celebrado una convención; pero esta convención, lejos de destruir el estado de guerra, presupone su continuidad.
Así pues, desde cualquier aspecto en que consideremos la cuestión, el derecho de esclavitud es nulo y sin valor, no solo por ser ilegítimo, sino