concepto de trabajo al que se llega por abstracción a partir del «estado de sociedad». El «hombre natural», en oposición al «hombre del hombre», es el hombre despojado de todo lo que la sociedad le confiere, una criatura formada por un proceso de abstracción, y nunca concebida como un retrato histórico.
La conclusión del Discurso no favorece a este ser puramente abstracto, sino a un estado de salvajismo intermedio entre las condiciones «naturales» y las «sociales», en el cual los hombres pueden preservar la simplicidad y las ventajas de la naturaleza y al mismo tiempo asegurar las rudas comodidades y garantías de la sociedad primitiva.
En una de las largas notas añadidas al Discurso, Rousseau explica más a fondo su posición. No desea, dice, que la sociedad corrupta moderna vuelva al estado de naturaleza: la corrupción ha ido demasiado lejos para eso; solo desea ahora que los hombres palien, mediante un uso más sabio de las artes fatales, el error de su introducción.
Reconoce a la sociedad como inevitable y ya está tanteando el terreno hacia una justificación de la misma. El segundo Discurso representa una segunda etapa en su pensamiento político: la oposición entre el estado de naturaleza y el estado de sociedad todavía se presenta en contraste desnudo; pero el cuadro del primero ya se ha completado, y solo le queda a Rousseau examinar más de cerca las implicaciones fundamentales del estado de sociedad para que su pensamiento alcance la madurez.
A menudo se acusa a Rousseau, por parte de los críticos modernos, de seguir en los Discursos un método aparentemente histórico, pero en realidad totalmente a-histórico. Pero debe recordarse que él mismo no pone énfasis en el aspecto histórico de su obra; se presenta a sí mismo construyendo un cuadro puramente ideal, y no describiendo ninguna etapa real de la historia humana.