La Voluntad General, prosigue Rousseau en esencia, siempre busca el bien común; pero a veces se divide en voluntades generales más pequeñas, que están equivocadas en relación con ella. La supremacía de la gran Voluntad General es «el primer principio de la economía pública y la regla fundamental del gobierno».
En este pasaje, que solo se diferencia en claridad y sencillez de otros del propio Contrato social, es fácil ver hasta qué punto Rousseau tenía en mente una idea perfectamente definida.
Cada asociación de varias personas crea una nueva voluntad común; cada asociación de carácter permanente posee ya una «personalidad» propia y, en consecuencia, una voluntad «general»; el Estado, la forma de asociación más alta que se conoce, es un ser moral y colectivo plenamente desarrollado con una voluntad común que es, en el sentido más alto que hasta ahora conocemos, general.
Todas estas voluntades son generales únicamente para los miembros de las asociaciones que las ejercen; para los extraños, o más bien para otras asociaciones, son puramente voluntades particulares. Esto se aplica incluso al Estado; «pues, en relación con lo que está fuera de él, el Estado se convierte en un ser simple, en un individuo» (Contrato social, libro I, cap. VII).
En ciertos pasajes del Contrato social , en su crítica al Proyecto de paz perpetua del abate de Saint-Pierre , y en el segundo capítulo del borrador original del Contrato social , Rousseau toma en cuenta la posibilidad de un individuo aún superior, «la federación del mundo».