Que la soberanía es indivisible
La soberanía, por la misma razón que la hace inalienable, es indivisible; pues la voluntad o es general, o no lo es; es la voluntad del cuerpo del pueblo, o tan solo de una parte. En el primer caso, la voluntad, cuando se declara, es un acto de Soberanía y constituye ley: en el segundo, es meramente una voluntad particular, o un acto de magistratura, a lo sumo un decreto.
Pero nuestros teóricos políticos, incapaces de dividir la soberanía en principio, la dividen según su objeto:
- en fuerza y voluntad;
- en poder legislativo y poder ejecutivo;
- en derechos de imposición, de justicia y de guerra;
- en administración interna y poder de negociar con el extranjero.
A veces confunden todas estas partes y a veces las distinguen; convierten al soberano en un ser fantástico compuesto de piezas reunidas: es como si formasen al hombre con varios cuerpos, uno con ojos, otro con brazos, otro con pies, y cada uno sin ninguna otra parte.
Se nos dice que los malabaristas de Japón desmiembran a un niño ante los ojos de los espectadores; luego lanzan todos los miembros al aire uno tras otro, y el niño cae al suelo vivo y entero.
Los juegos de manos de nuestros políticos se parecen mucho a eso; tras haber desmembrado el cuerpo social mediante un truco digno de feria, lo reúnen de nuevo no se sabe cómo.