Debemos percibir, a lo largo de su obra, su lucha por liberarse de aquello que hay de muerto y obsoleto en dicha teoría, mientras desarrolla a partir de ella concepciones fructíferas que van más allá de su alcance.
Un literalismo demasiado rígido en la interpretación del pensamiento de Rousseau puede reducirlo fácilmente a la condición de mero «interés histórico»: si lo abordamos con un espíritu verdaderamente histórico, podremos apreciar de inmediato su valor temporal y duradero, ver cómo sirvió a sus contemporáneos y, al mismo tiempo, disentir de él en lo que pueda sernos útil a nosotros y para siempre.
El Emilio de Rousseau es la mayor de todas las obras sobre educación. Este volumen contiene la más importante de sus obras políticas. El contrato social, con mucho la más significativa, representa la madurez de su pensamiento, mientras que las demás obras solo ilustran su evolución.
Nacido en 1712, no publicó ninguna obra de importancia hasta 1750; pero nos cuenta, en las Confesiones, que en 1743, cuando estaba adscrito a la embajada en Venecia, ya había concebido la idea de una gran obra sobre las «Instituciones Políticas», «que iba a consagrar su reputación». Parece, sin embargo, que avanzó poco en este trabajo, hasta que en 1749 dio por casualidad con el anuncio de un premio ofrecido por la Academia de Dijon para dar respuesta a la pregunta: «¿Ha contribuido el progreso de las artes y las ciencias a purificar o a corromper la moral?». Sus viejas ideas acudieron en tropel, y, hastiado de la vida que había estado llevando entre los lumières de París, compuso una diatriba violenta y retórica contra la civilización en general.
Al año siguiente, esta obra, tras haber sido galardonada con el premio por la Academia, fue publicada por su autor. Su éxito fue instantáneo; se convirtió de inmediato en un hombre famoso, el «león» de los círculos literarios parisinos. Profesores, plumíferos, teólogos indignados e incluso el rey de Polonia publicaron refutaciones de su obra. Rousseau se esforzó por responder a