El principio vital del cuerpo político reside en la autoridad soberana. El poder legislativo es el corazón del Estado; el poder ejecutivo es su cerebro, el cual hace que se muevan todas las partes. El cerebro puede paralizarse y el individuo seguir viviendo. Un hombre puede permanecer imbécil y vivir; pero tan pronto como el corazón cesa de desempeñar sus funciones, el animal muere.
El Estado subsiste no por medio de las leyes, sino del poder legislativo.
La ley de ayer no es vinculante hoy; pero el silencio se toma como consentimiento tácito, y se supone que el Soberano confirma incesantemente las leyes que no deroga pudiendo hacerlo.
Todo lo que una vez ha declarado querer, lo quiere siempre, a menos que revoque su declaración.
¿Por qué, pues, se respeta tanto a las antiguas leyes? Por esta misma razón. Debemos creer que nada, excepto la excelencia de las antiguas muestras de voluntad, ha podido conservarlas tanto tiempo: si el Soberano no las hubiera reconocido como saludables en todo momento, las habría revocado mil veces.
Por esto, lejos de debilitarse, las leyes adquieren continuamente una fuerza nueva en todo Estado bien constituido; el precedente de la antigüedad las hace cada día más venerables: mientras que, allí donde las leyes se debilitan a medida que envejecen, esto prueba que ya no hay poder legislativo y que el Estado ha muerto.