I. El hombre, como ministro e intérprete de la naturaleza, hace y entiende tanto cuanto sus observaciones sobre el orden de la naturaleza, ya sea en relación con las cosas o con la mente, le permiten, y ni sabe ni es capaz de más.
II. La mano desarmada y el entendimiento abandonado a sí mismo poseen escasa eficacia. Los efectos se producen por medio de instrumentos y ayudas, de los cuales el entendimiento no menos que la mano necesita; y así como los instrumentos promueven o regulan el movimiento de la mano, los que se aplican a la mente estimulan o protegen el entendimiento.
III. El saber y el poder del hombre son una misma cosa, ya que la ignorancia de la causa frustra el efecto; pues a la naturaleza solo se la vence obedeciéndola, y lo que en la filosofía contemplativa corresponde a la causa, en la ciencia práctica se convierte en regla.
IV. El hombre al operar solo puede aplicar o retirar cuerpos naturales; el resto lo realiza la naturaleza internamente.
V. Los que se han vuelto prácticos en el conocimiento de la naturaleza son: el mecánico, el matemático, el médico, el alquimista y el mago,2 pero todos (tal como están hoy las cosas) con esfuerzos débiles y escaso éxito.
VI. Sería una locura y una incoherencia suponer que las cosas que aún nunca se han realizado puedan llevarse a cabo sin emplear algún medio hasta ahora no probado.