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Aforismos—Libro II Sobre la interpretación de la naturaleza, o el reino del hombre

En realidad, esta tendencia a ascender y descender se debe o bien a la conformación del cuerpo móvil, o bien a su armonía y simpatía con otro cuerpo. Pero si se hallare algún cuerpo denso y sólido que, sin embargo, no tienda hacia la tierra, la clasificación habrá llegado a su término. Ahora bien, si admitimos la opinión de Gilbert de que el poder magnético de la tierra, al atraer cuerpos pesados, no se extiende más allá del límite de su propia virtud (la cual opera siempre a una distancia fija y no más allá),127 y esto se demuestra mediante algún ejemplo, tal ejemplo será uno de alianza en nuestro presente tema.

Lo más parecido a esto es lo de las mangas de agua, que los navegantes del Atlántico ven con frecuencia rumbo a una y otra India. Pues la fuerza y la masa de agua derramada de repente por las mangas de agua parece ser tan considerable, que el agua debió de ser recogida previamente y haber permanecido fija allí donde se formó, hasta que luego fue precipitada por alguna causa violenta, más bien que hecha caer por el movimiento natural de la gravedad: de modo que puede conjeturarse que una masa densa y compacta, a gran distancia de la tierra, puede quedar suspendida tal como la tierra misma lo está, y no caería a menos de ser precipitada. No afirmamos esto, sin embargo, como cierto. Entre tanto, tanto en esto como en muchas otras cosas, se verá fácilmente cuán deficientes somos en historia natural, ya que nos vemos obligados a recurrir a suposiciones en busca de ejemplos, en lugar de casos comprobados.

Nuevamente, sea la naturaleza requerida el poder discursivo de la mente.

La clasificación de la razón humana y el instinto animal parece ser perfectamente correcta. Sin embargo, hay algunos ejemplos de las acciones de los animales que parecen demostrar que ellos también pueden razonar mediante silogismos. Así, se cuenta que un cuervo, que casi había perecido de sed en una gran sequía, vio un poco de agua en el tronco hueco de un árbol, pero como era demasiado estrecho para entrar, siguió arrojando piedrecillas, lo que hizo subir el agua hasta que pudo beber; y aquello se convirtió después en un proverbio.

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