nuestra filosofía se abra paso silenciosamente en aquellas mentes que sean aptas para ella y de buena capacidad; pues no tenemos necesidad de contienda allí donde diferimos en los primeros principios, en nuestras propias nociones y aun en nuestras formas de demostración.
XXXVI. Tenemos un solo método sencillo para exponer nuestros sentimientos; a saber, debemos llevar a los hombres a los particulares y a su serie y orden regulares, y ellos deben por un tiempo renunciar a sus nociones y empezar a familiarizarse con las cosas.
XXXVII. Nuestro método y el de los escépticos8 coinciden en algunos aspectos al principio, pero difieren enormemente y son totalmente opuestos el uno al otro en su conclusión; pues ellos afirman rotundamente que no se puede saber nada; nosotros, que solo una pequeña parte de la naturaleza puede ser conocida mediante el método actual; su siguiente paso, sin embargo, es destruir la autoridad de los sentidos y del entendimiento, mientras que nosotros inventamos y les proporcionamos asistencia.
XXXVIII. Los ídolos y falsas nociones que ya han ocupado el entendimiento humano, y se hallan en él profundamente arraigados, no solo asedian de tal modo la mente de los hombres que resulta difícil acceder a ella, sino que incluso una vez obtenido el acceso volverán a salirnos al encuentro y a turbarnos en la instauración de las ciencias, a menos que los hombres, prevenidos de antemano, se protejan con todo el cuidado posible contra ellos.
XXXIX. Cuatro especies de ídolos acosan a la mente humana,9 a los cuales (para mayor distinción) hemos asignado nombres, llamando a los primeros Ídolos de la Tribu, a los segundos Ídolos de la Caverna, a los terceros Ídolos del Foro y a los cuartos Ídolos del Teatro.
XL. La formación de nociones y axiomas sobre el fundamento de la verdadera inducción es el único remedio adecuado mediante el cual