Es muy perceptible en los excrementos de los animales, y no menos, quizá, en objetos odiosos para sentidos particulares, especialmente el olfato y el gusto; pues un olor fétido es rechazado por la nariz, de modo que produce un movimiento simpático de expulsión en la boca del estómago; un gusto amargo y áspero es rechazado por el paladar o la garganta, de modo que produce una conmoción simpática y un escalofrío en la cabeza.
Este movimiento es visible también en otros casos. Así se observa en algunas clases de antiperistasis, como en la región media del aire, cuyo frío parece ser ocasionado por el rechazo del frío desde las regiones de los cuerpos celestes; y también en el calor y la combustión observados en lugares subterráneos, los cuales parecen deberse al rechazo del calor desde el centro de la tierra. Pues el calor y el frío, cuando se encuentran en pequeñas cantidades, se destruyen mutuamente, mientras que en mayores cantidades, como ejércitos de fuerzas iguales, se desplazan y se expulsan en abierto conflicto.
Se dice también que la canela y otros perfumes conservan su olor durante más tiempo cuando se colocan cerca de letrinas y lugares fétidos, porque no se unen ni se mezclan con los hedores.
Es bien sabido que el azogue, que de otro modo se reuniría en una masa completa, se ve impedido de hacerlo por la saliva humana, la manteca de cerdo, la trementina y sustancias semejantes, debido a la poca afinidad de sus partes con dichas sustancias, de modo que al encontrarse rodeado por ellas se retrae, y su evitación de estos obstáculos intermedios es mayor que su deseo de reunirse con sus partes homogéneas; lo cual es lo que denominan la mortificación del azogue.
Nuevamente, la diferencia de peso entre el aceite y el agua no es la única razón por la que se niegan a mezclarse, sino que también se debe a la poca afinidad entre ambos; pues el espíritu de vino, que es más ligero que el aceite, se mezcla muy bien con el agua.