El sexto caso, en el que el sentido se ve obstaculizado por la fuerza del objeto, admite una reducción a la esfera sensible, ya sea alejando el objeto a mayor distancia, o amortiguando sus efectos mediante la interposición de un medio que pueda debilitar y no destruir el objeto; o mediante la admisión de su reflejo cuando la impresión directa es demasiado fuerte, como la del sol en una jofaina de agua.
El séptimo caso, en el que los sentidos están tan sobrecargados por el objeto que no dejan más espacio, apenas ocurre salvo en el olfato o el gusto, y no tiene mucha importancia en lo que respecta a nuestro tema actual.
Baste, por tanto, lo que hemos dicho en lo que respecta a la reducción a la esfera sensible de objetos que no están naturalmente dentro de su ámbito.
A veces, sin embargo, esta reducción no se extiende a los sentidos del hombre, sino a los de algún otro animal, cuyos sentidos, en algunos puntos, exceden a los del hombre; como (con respecto a ciertos olores) al del perro, y con respecto a la luz que existe de manera imperceptible en el aire, cuando no está iluminado por ninguna fuente extraña, al sentido del gato, el búho y otros animales que ven de noche.
Pues bien ha observado Telesio que parece haber una porción original de luz incluso en el propio aire,140 aunque leve y escasa, y de ninguna utilidad por lo general para los ojos de los hombres y los de la generalidad de los animales; porque aquellos animales a cuyos sentidos esta luz está proporcionada pueden ver de noche, lo cual, con toda probabilidad, no procede de que vean sin luz o mediante alguna luz interna.
Aquí también debemos observar que por el momento solo discutimos las necesidades de los sentidos y sus remedios; pues sus engaños deben remitirse a las investigaciones apropiadas para los sentidos y los objetos sensibles, excepto aquel importante engaño que les hace definir los