Pues los hombres suelen conjeturar sobre los temas nuevos a partir de aquellos con los que ya están familiarizados, y de las fantasías apresuradas y viciadas que de ahí se han formado: que es el modo de razonar más falaz que puede haber, porque mucho de lo que deriva de las fuentes de las cosas no fluye por su cauce habitual.
Si, por ejemplo, antes del descubrimiento del cañón, uno hubiera descrito sus efectos de la siguiente manera:
Hay un nuevo invento mediante el cual los muros y los mayores baluartes pueden ser sacudidos y derribados desde una distancia considerable;
los hombres habrían comenzado a idear diversos medios para multiplicar la fuerza de los proyectiles y de las máquinas mediante pesos y ruedas, y otros modos de golpear y proyectar. Pero es improbable que imaginación o fantasía alguna hubiera dado con una ráfaga ígnea, que se expande y desarrolla de manera tan repentina y violenta, porque nadie habría visto un caso que se le pareciera en absoluto, excepto tal vez en los terremotos o en los truenos, los cuales habrían descartado inmediatamente por tratarse de grandes operaciones de la naturaleza, no imitables por el hombre.
Por tanto, si antes del descubrimiento del hilo de seda, alguien hubiera observado que se había descubierto una clase de hilo, apto para vestidos y mobiliario, que superaba con creces al hilo de lana estambre o de lino en finura y, al mismo tiempo, en tenacidad, belleza y suavidad; los hombres habrían empezado a imaginar algo acerca de plantas chinas, o del fino pelo de algunos animales, o de las plumas o el plumón de las aves, pero ciertamente nunca habrían tenido la idea de que era hilado por un pequeño gusano, de una manera tan copiosa, y renovado anualmente.
Pero si alguien se hubiera atrevido a sugerir el gusano de seda, se habrían reído de él como si estuviera soñando con alguna nueva manufactura a partir de arañas.