conocidos; y estas razones, aunque rechazadas al principio, fueron sin embargo probadas por la experiencia posterior, y fueron las causas y los comienzos de los mayores acontecimientos.
XCIII. Comencemos por Dios y demostremos que nuestra búsqueda, por su bondad superabundante, proviene claramente de él, autor del bien y padre de la luz.
Ahora bien, en todas las obras divinas los principios más pequeños conducen ciertamente a algún resultado, y la observación en los asuntos espirituales de que «el reino de Dios viene sin observación», se halla también ser verdadera en toda gran obra de la Providencia Divina, de modo que todo transcurre silenciosamente sin confusión ni ruido, y el asunto se realiza antes de que los hombres piensen operciban que ha comenzado.
Tampoco debemos dejar de mencionar la profecía de Daniel sobre los últimos días del mundo: «Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará»,56 insinuando y sugiriendo así claramente que el destino (que es la Providencia) haría que el circuito completo del globo (ya consumado, o al menos en curso mediante tantos viajes lejanos) y el incremento del saber sucedieran en una misma época.
XCIV. Daremos a continuación una razón potentísima para la esperanza, deducida de los errores del pasado y de los caminos aún no intentados; pues bien se reprendió así a un Estado mal gobernado: «Lo que es peor respecto al pasado debe resultar más consolador para el futuro; porque si hubierais hecho todo lo que vuestro deber mandaba y vuestros asuntos no marchasen mejor, ni siquiera podríais esperar su mejora; mas puesto que su actual situación desgraciada no se debe a la fuerza de las circunstancias, sino a vuestros propios errores, tenéis razones para esperar que, desterrando o corrigiendo estos últimos, podréis producir un gran cambio a mejor en las primeras».